Montevideo Gris
Hay una Montevideo que los montevideanos heredaron de la literatura antes que de la vida. Es la ciudad plomiza de Onetti — la de El pozo, La vida breve —, una capital sin sol, de muros tristes y cielos bajos, que desde hace décadas se coló en el modo en que sus propios habitantes miran sus calles. Montevideo, dicen, es gris.
Montevideo gris parte de esa afirmación para desmentirla.
Llegué a esta ciudad desde España en 2011, y lo primero que vi fue, precisamente, lo que los locales ya no ven: el color. Lo vi en el cielo magenta que corona el Mercado Modelo antes del amanecer, en los azules eléctricos de una lona de obra, en las banderas amarillas que ondean en las noches de carnaval, en los asfaltos mojados que convierten la lluvia en neón. Lo vi en una puerta roja, en una hoja de palmera, en un auto de otro tiempo, en un atardecer sobre la rambla. La mirada del recién llegado todavía no tiene filtros: registra todo lo que el ojo acostumbrado ha aprendido a descartar.
Ese es el lugar desde donde fotografío. No busco una ciudad distinta a la que hay: busco la que ya está ahí y que el hábito vuelve invisible. El color de Montevideo no es un hallazgo mío — es una evidencia que pide ser mirada de nuevo.
A veces hace falta venir de fuera para devolverle a un lugar lo que siempre tuvo.
Proyecto documental en curso. Montevideo, desde 2011.














