Apenas tocando el suelo
- 1 may
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A veces pienso que todos somos el hombre pájaro. Que caminamos por las calles de cualquier ciudad con los pies apenas tocando el suelo, medio aquí y medio en ningún lugar, buscando un reflejo que confirme que seguimos siendo sólidos. Que existimos. Que no nos hemos vuelto aire sin darnos cuenta.
Llevo años fotografiando a personas que cruzan el encuadre. No posan. No se detienen. Aparecen en la esquina de una calle iluminada por un neón violeta, atraviesan la franja de luz como si cruzaran una frontera invisible, y desaparecen en la oscuridad del otro lado. Un segundo. A veces menos. Lo justo para que el obturador capture algo que ya no está cuando bajo la cámara. Una sombra con forma humana. Un fantasma que no sabe que lo es.
Hay algo terrible y hermoso en esa fugacidad. Terrible porque confirma lo que no queremos saber: que somos materia de paso, cuerpos en tránsito entre un lugar y otro, entre un nombre y el olvido. Hermoso porque en ese instante —en ese único instante en que la luz recorta una silueta contra el vacío— todo tiene sentido. La persona es exactamente quien es. Ni antes ni después. Ahí. Solo ahí.
El hombre pájaro no vuela por libertad. Vuela porque ha perdido el peso de las cosas que lo ataban al suelo. Los recuerdos que ya no encuentra, las palabras que se le deshacen en la boca, el espejo que le devuelve una cara que no reconoce. Perder sustancia no es un privilegio: es un vértigo. Es despertarse un día y no saber si el que mira al techo eres tú o alguien que soñó que eras tú. Es sentir que te desvaneces no de golpe sino poco a poco, como una fotografía que se expone demasiado tiempo a la luz y termina blanca.
Yo conozco ese vértigo. Lo conozco como emigrante: el que deja un país y se vuelve un extranjero en todas partes, el que ya no es del todo de donde vino ni del todo de donde llegó. Lo conozco como fotógrafo: el que se coloca detrás de la cámara para no tener que estar delante, el que observa la vida desde un paso atrás, desde esa distancia justa que separa al que vive del que mira vivir. Y lo conozco como hijo: el que vio a su padre convertirse en hombre pájaro, perder el peso de su propia historia hasta volverse liviano, transparente, un cuerpo que seguía ahí pero cuya alma ya planeaba sobre territorios que ningún mapa recoge.
Fotografiar al hombre pájaro es un ejercicio de contradicción. Quieres atrapar lo que se escapa. Quieres fijar en una imagen lo que, por definición, no se puede fijar. Y sin embargo disparas. Porque sabes que esa silueta que cruza la calle bajo un farol a las tres de la madrugada, esa figura que parece flotar entre las sombras de una ciudad dormida, es la prueba de algo importante: que estuvimos aquí. Que alguien nos vio pasar. Que durante un instante, antes de volvernos aire, fuimos reales.



Primero de muchos...