El hombre pájaro
- hace 7 días
- 2 Min. de lectura

foto de Samuel de Román
Hay quienes nacen con los pies firmes sobre el suelo y aprenden pronto a confundir esa firmeza con destino. Caminan derechos, miden los pasos, saben dónde termina cada calle. Pero hay otros, pocos, que desde niños sienten en los hombros un peso que no es peso, un cosquilleo que crece con los años hasta volverse ala. A esos los llaman raros, soñadores, locos. Ellos solo saben que el techo siempre les ha parecido bajo.
El hombre pájaro no eligió volar. El vuelo lo eligió a él una madrugada en la que el aire pesaba menos que sus huesos. Subió sin pensarlo, como quien respira hondo después de mucho tiempo bajo el agua. Desde arriba descubrió que el mundo era más pequeño de lo que le habían dicho, que las fronteras eran rayas pintadas por gente con miedo, que las ciudades latían como animales heridos.
Pero volar tiene un precio. El que vuela ya no pertenece. No es del cielo, porque su cuerpo recuerda la gravedad. No es de la tierra, porque la tierra le aprieta. Vive en ese intervalo donde nadie construye casa, donde el viento es la única compañía constante. Aprende a hablar el idioma de las nubes, que es un idioma sin palabras, hecho de demoras y de luz.
Abajo, los otros lo señalan. Algunos lo envidian sin saberlo. Otros le tiran piedras porque su sombra, al pasar, les recuerda lo que no se atrevieron a ser.
Y, sin embargo, también amó. Había una mujer que lo esperaba sin esperarlo, que le había aprendido el horario imposible y le dejaba la luz de la cocina encendida por si volvía. Aterrizaba en silencio, casi pidiendo permiso, y ella no preguntaba dónde había estado. Le quitaba el frío de las manos con las suyas, le ponía la cara contra el cuello como quien escucha si todavía hay latido. Dormían enredados, y a veces, en mitad de la noche, ella le acariciaba la espalda donde nacían las alas, despacio, sin nombrarlas, como si acariciara una cicatriz antigua. No le pedía que se quedara. Sabía que un pájaro que renuncia al cielo deja de ser, y que ella no se había enamorado de un hombre cualquiera, sino de aquel que volvía.
Y luego está la muerte, que a todos llega, pero no del mismo modo. Los que se quedaron en tierra la esperan como se espera un cobrador: cierran ventanas, hacen testamento, acumulan rezos y seguros. Para ellos la muerte es un robo, algo que llega a interrumpir una vida que aún creían suya.
El hombre pájaro la conoce desde hace tiempo. Va con él en cada despegue, escondida entre las plumas. Pero hay una ironía última que ni él previó: que su forma de morir no fuese caer, sino dejar de respirar. Que el aire, su patria, se le volviese extranjero. Que aquello que lo sostenía en el vuelo fuese, al final, lo primero en abandonarlo.
Quizá por eso escribió su vuelo antes de irse. Para dejar dicho que un hombre pájaro no muere cuando se queda sin aire. Muere mucho después, el día en que alguien deja de mirar al cielo buscándolo.



Me gusta muchísimo la manera como escribes! Ya no sé si eres mejor escritor o fotógrafo