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Lo que el hábito borra

  • hace 18 horas
  • 2 Min. de lectura

Me dijeron que Montevideo era gris.

Lo dijeron antes de que llegara, lo repitieron al llegar, lo seguían diciendo años después, como quien recita una herencia. La ciudad de Onetti, la de los cielos bajos y los muros tristes, una capital sin sol que sus propios habitantes habían aprendido a mirar de reojo. Gris, decían. Y yo asentía sin entender, porque venía de lejos y todavía no había aprendido a no ver.


Esa es la única ventaja del que llega de fuera: no tiene filtros. El ojo recién desembarcado registra lo que el ojo acostumbrado descarta. Y lo primero que vi —antes que la gente, antes que las calles— fue el color.

Lo vi en el cielo magenta que corona el Mercado Modelo antes del amanecer, cuando la ciudad todavía huele a fruta y a frío. Lo vi en el azul eléctrico de una lona de obra, tensada contra un andamio como una bandera sin patria. Lo vi en el asfalto mojado, que convierte la lluvia en neón y la avenida en un río de luces partidas. Una puerta encendida en una hilera de puertas a oscuras. Una hoja de palmera. Un auto de otro tiempo detenido en una esquina, como si esperara a alguien que ya no vuelve.

El color estaba ahí. Siempre estuvo. No lo traje yo en la maleta: lo encontré donde nadie lo buscaba, debajo del relato. Porque el gris de Montevideo nunca fue un color: fue una costumbre. Una manera de mirar que la literatura fijó y que el hábito terminó de cerrar, como una persiana que baja despacio hasta que la luz parece un recuerdo.

Yo no fotografío otra ciudad. Fotografío esta, la que ya está, la que todos pisan sin levantar la vista. Mi trabajo no es inventar: es devolver. Quitar la persiana. Mirar como mira el que todavía no sabe que debe resignarse.

A veces pienso que para eso sirve venir de fuera. No para traer nada. Para recordarle a un lugar lo que siempre tuvo y dejó de ver.

Montevideo no es gris. Montevideo es una ciudad que se acostumbró a su propia luz.

 
 
 

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