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El derecho a la lentitud

  • 20 ago
  • 4 min de lectura

Nelson Garrido · Caracas, 1952 — 20 de agosto de 2026

Nelson Garrido no quería que lo llamaran artista. Decía que era una palabra pavosa. Prefería hacedor de imágenes: alguien que hace algo, no alguien que es alguien.

Murió esta mañana en Caracas.

Las notas de estos días van a repetir el mismo dato: primer fotógrafo venezolano en recibir el Premio Nacional de Artes Plásticas, 1991. Es verdad y se queda corto.

Su obra nunca quiso agradar.

Trabajó con lo que incomoda: la iconografía religiosa puesta del revés, el cuerpo, el humor negro, la sangre. Caracas sangrante. El cochino levitando. Imágenes construidas, teatrales, montadas con la deliberación de quien arma una escena y no de quien pasa por ahí. No se dejan mirar de pasada. No pretenden que estés de acuerdo. Están hechas para dejar una pregunta encima.

Fotografió el país que tenía delante durante medio siglo y no lo suavizó nunca.

Pero un fotógrafo se muere con su obra y un maestro no.

Durante veinte años, entre 2002 y 2022, Nelson tuvo una escuela. Se llamaba La ONG —Organización Nelson Garrido— y no era una academia. Era un sitio donde se pensaba. Por allí pasó una generación entera de fotógrafos venezolanos y latinoamericanos, y hoy estamos todos diciendo la misma frase con las mismas palabras: fue mi maestro. Eso no lo consigue un premio. Eso solo lo consigue estar veinte años sentado en la misma silla, encendiendo la luz a los que estábamos a oscuras.

Antes de dejarte fotografiar el mundo, te ponía delante de ti mismo. Primero el paisaje que eres. Después el cuerpo que eres. Solo entonces, la idea. El orden nunca era casual.

Nos enseñó a fotografiar desde la pregunta y no desde la comodidad. A cuestionar antes de apretar el disparador.

Quien solo mira sus fotos se imagina a un hombre desordenado. Era exactamente lo contrario.

Nelson venía de una formación artística clásica. Italia, Francia, Chile. El taller de Carlos Cruz-Diez en París siendo casi un niño. Ese es el suelo sobre el que levantó después toda su irreverencia, y explica por qué funcionaba: las reglas se pueden romper de muchas maneras, pero solo se rompen bien cuando se conocen.

Detrás de aquella estética de desbordamiento había un tipo con método. Con plan.

El concepto generador primero: la idea madre de la que se deduce un proyecto entero. No una ocurrencia ni un tema, sino una pieza que hay que construir y sostener. Hasta no tenerla, no se pasaba de ahí.

Después las estaciones de trabajo: el proyecto partido en fases, cada una con su tarea. Ninguna se salta. Ninguna se adelanta.

Y los cuadernos de notas, siempre. Escribir antes de fotografiar. Escribir mientras. Escribir después. La cámara llegaba tarde a propósito.

Nelson no improvisaba nunca. Sus imágenes parecen un estallido porque están calculadas hasta el último detalle.

Y sin embargo nada de aquello era una jaula.

Mente abierta, sin límites de ningún tipo. Ese era el otro mandamiento y no contradecía al primero. El método no estaba ahí para encerrar el trabajo sino para sostenerlo: cuanto más firme es la estructura, más lejos puedes ir sin romperte. Por eso no le ponía límites a nadie —ni de tema, ni de forma, ni de decoro—. Sabía que el rigor los hace innecesarios.

Decía también que el derecho a la lentitud es el más importante para un artista.

En su boca no era una queja contra la prisa ajena ni una coartada para no hacer nada. Era la consecuencia lógica de todo lo anterior. Si el concepto hay que construirlo, si el trabajo tiene estaciones y ninguna se salta, si hay que escribir antes de mirar por el visor, entonces el tiempo no es un lujo: es material de trabajo. La lentitud no es pereza. Es lo que el método exige.

Del derecho a pasar meses sin resolver nada. Del derecho a no entregar. Del derecho a que un trabajo tarde los años que tenga que tardar mientras el mundo entero publica todos los días.

Un maestro suele dar herramientas. Él daba, además, un permiso. Y lo daba firmado.

De un taller de Nelson no se salía con más fotos. Se salía con la cabeza en otro sitio.

Aprendí con él y no volví a fotografiar igual. No es una manera de hablar. Cambió el momento en que empiezo —mucho antes de levantar la cámara—, cambió lo que entiendo por trabajar, cambió lo que estoy dispuesto a preguntarle a una imagen antes de darla por buena. Uno cree que va a un taller a mejorar sus fotos. Nelson te desarmaba entero y te devolvía sabiendo por qué las haces.

Eso no se agradece. Eso se lleva puesto el resto de la vida.

No se apagó ninguna luz. Odiaría esa frase. Él no era la luz: era el que la encendía.

Deja una obra que va a seguir incomodando mucho tiempo. Y no es lo que más va a durar.

Lo que más va a durar es la gente. Queda una escuela que cerró en 2022 y que sigue dando clase. Queda un método que muchos usamos cada día sin decir de dónde viene. Quedan cuadernos de notas que él empezó en cabezas ajenas. Queda gente que se pone delante de sí misma antes de fotografiar el mundo porque Nelson, desde Caracas, le enseñó ese orden. Y queda el permiso, que es lo más raro que un maestro puede dejar.

Hizo algo más difícil que una imagen.

Nelson Garrido. Hacedor de fotógrafos.

Joe Black · Montevideo, 20 de agosto de 2026


 
 
 

2 comentarios


Lucy Keme
Lucy Keme
22 ago

Realmente eres un muy buen escritor

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Jose Negro
Jose Negro
27 ago
Contestando a

Muchas gracias Lucy.


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