El rosario del cuello
- 11 jul
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Su perra le despertó de nuevo unos minutos antes de que sonara el despertador. Toca la rutina del termo y el mate. Esa mañana el olor de los paraísos de la avenida se apoderaba de cada esquina camino al mercado. La noche le perseguía pero llegaba tarde y estaba concentrado en el paso. Ese olor iba a durar poco porque solo le acompañaba unas pocas semanas al año.
Entra al mercado y todo cambia, ya no hay sombras, las luces le atacan, los olores del mercado le saturan, el ruido le rodea. Toca poner aún más atención al paso para no chocar con nada o con nadie. Hay que caminar un rato para llegar al puesto.
En el puesto le esperan las coloradas y las blancas, dentro de un saco antes de caer por una rampa para salir del mercado en una caja.
Agarra el saco, pasea su cuchillo y lo corta, lo coloca sobre la rampa y caen poco a poco hacia la caja de madera, en el camino se quedan algunas. Así pasan las horas, acompañado de cumbia y sonidos que marcan un ritmo de trabajo. Más sacos, más cuchillo, más cebollas cayendo.
Hace rato que los rayos de sol y el calor llegaron, le sobra la remera, a nadie le molesta que la cuelgue cerca del termo, al lado del altavoz.
Entre saco y saco alguien le pregunta por el rosario que cuelga de su cuello, ya ni recuerda porque le acompaña. Dice que le ayuda con los sacos, con el cuchillo, con las rampas y con las cajas de madera.
Una sombra cae sobre él, el sol no le permite ver quien es. Se detiene un segundo, la sombra ya no está.




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