In Itinere
- 16 jul
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Todavía es de noche cuando arranco.
El motor se sacude el frío y el parabrisas tarda en decidirse a mostrar el mundo. El café viaja en el asiento de al lado, donde no viaja nadie. Suena mi conciencia en los altavoces.
Levanto cosas que van a quedarse quietas para siempre. Para eso vivo en movimiento: cada poco el destino cambia sin rumbo fijo, la puerta de salida siempre es la misma.
El amanecer me recibe de frente o me persigue por el espejo.
La ruta aparece de a tramos. A veces la niebla se traga los carriles y deja las farolas garabateando en el azul. A veces el cielo se incendia sobre la caravana y los frenos rojos se encienden hasta donde alcanza la vista. A veces los faros escriben en el aire cosas que nadie sabe leer.
Voy atado al volante como aquel otro al mástil. Las sirenas cantan desde las cunetas, como grúas del puerto en la bruma, como peaje que flota sin suelo, como palmeras a contraluz, como un hombre que bajó del coche a mirar el mar. No puedo parar: ese es el trato. Lo que la ruta ofrece existe solo al pasar; si me detengo, se calla. La cámara escucha por mí. Las sirenas no pueden con ella: las atrapa en mitad del canto y las deja quietas para siempre.
Cuando el día está por terminar pongo rumbo a Ítaca. Para la vuelta no hacen falta cadenas: Penélope no teje ni desteje — enciende las luces de la casa — y la manada me reconoce aunque traiga mi mejor disfraz.
Conozco todos estos caminos y no me sé ninguno de memoria.
Todas las idas son distintas. La vuelta es una sola.




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