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Se nos lleva el aire

  • 13 may
  • 2 Min. de lectura


Aita ya casi no habla. Pero sus manos siguen contando.

Hay un temblor que no es enfermedad: es el cuerpo despidiéndose por partes. Primero la firma, después el botón de la camisa, más tarde el cuchillo en la mesa. Cada gesto que se pierde es una pequeña muerte que ensaya la grande, y uno aprende —sin querer— que morir es un trabajo lento, hecho de renuncias mínimas que nadie mira.


Robe lo decía a su modo: se nos lleva el aire. Y se lo lleva así, en cucharadas, en pasos cortos, en esa pausa que aparece entre la voluntad y el movimiento. Yo lo fotografié durante seis años sabiendo que no estaba documentando una enfermedad sino una forma del tiempo. La luz de la cocina en su mejilla. El reloj parado en una hora cualquiera. El plato a medio comer.


No quise mostrar el deterioro. Quise mostrar lo que queda mientras se va: la dignidad de un hombre que ya no podía atarse los cordones y todavía sabía quién era. La fotografía aquí no detiene el tiempo —eso es mentira de manuales—. La fotografía elige qué parte del tiempo merece quedarse cuando lo demás se desploma.


El blanco y negro fue una decisión moral antes que estética. El color hubiera puesto el mundo encima de él, y aita ya no necesitaba más mundo. Necesitaba sombra, silencio, contorno. Ese gris que es el color de las cosas que se están yendo y aún no se han ido.

Aprendí a fotografiar a mi padre el día que entendí que cada disparo era una despedida. Y que despedirse, con cámara o sin ella, es la única forma honesta de querer a alguien que se nos está yendo.

 
 
 

1 comentario


Lucy Keme
Lucy Keme
14 may

Para decir que no se te dá la escritura quisiera yo poder hacerlo así

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