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Lo que la memoria suelta

  • 9 may
  • 3 Min. de lectura

Hay una luz que no se apaga aunque todo lo demás se apague. Yo la he visto. La vi en las manos de mi padre cuando ya no sabían sostener una cuchara pero todavía buscaban las mías. La vi en sus ojos cuando ya no me reconocían pero seguían mirándome como si en algún lugar, detrás de la niebla, quedara una certeza que el lenguaje no podía nombrar.


Llegué a Montevideo huyendo de nada y buscando todo. Dejé atrás un país, una lengua que creía única, una forma de caminar por calles que conocía de memoria. Y en esa distancia, en ese océano de por medio, aprendí algo que ninguna escuela de arquitectura me había enseñado: que uno no pierde lo que ama. Lo transforma. Lo convierte en otra cosa. En imagen, quizá. En silencio largo. En la forma en que la luz entra por una ventana a las cuatro de la tarde y dibuja un rectángulo perfecto sobre una mesa vacía.


Mi padre se fue desdibujando como se desdibujan las fachadas cuando llueve mucho tiempo. Primero los detalles: un nombre, una fecha, el camino de vuelta a casa. Después los contornos: la risa que ya no venía a cuento, la frase que empezaba y no encontraba su final, los silencios que antes eran cómodos y de pronto se volvieron espesos. Pero había algo que no se borraba. Algo anterior al nombre y al recuerdo. Algo que tenía que ver con la piel, con el olor, con esa manera en que su mano apretaba la mía sin saber ya por qué lo hacía.


Fotografiar eso fue un acto de fe. No de fe religiosa. De fe en que la imagen puede atrapar lo que la memoria suelta. De fe en que un gesto mínimo —los dedos entrelazados, la mirada perdida en una esquina del techo, la boca que intenta formar una palabra que ya no existe— contiene toda una vida. Todo lo que fuimos juntos. Todo lo que dejamos de ser sin darnos cuenta.


Dicen que la ausencia es un vacío. Mienten. La ausencia es una presencia distinta, un eco que resuena en habitaciones que creíamos silenciosas. Yo aprendí a fotografiar ese eco. A esperar que la luz cayera de cierta manera sobre el rostro de alguien que ya no estaba del todo pero tampoco se había ido. A buscar en el blanco y negro la honestidad que el color a veces disfraza. Porque hay cosas que solo se pueden contar sin adornos: desnudas, directas, como una herida que todavía respira.


Hay quien canta sobre lo que queda cuando alguien se va. Sobre la estela, sobre el hueco en la almohada, sobre la silla vacía que sigue ocupando su lugar en la mesa. Yo no canto. Yo miro. Y en esa mirada descubrí que mi padre no se fue del todo. Que lo que el párkinson le quitó —los recuerdos, las palabras, la arquitectura de su propia historia— no era lo esencial. Lo esencial era esa luz. Esa luz terca, animal, que seguía encendiéndose cada vez que yo entraba en la habitación. No sabía quién era yo. Pero sabía que me quería.


Y eso, al final, es lo único que una fotografía puede aspirar a guardar: no la forma exacta de las cosas, sino la luz que emiten cuando están a punto de desaparecer.

 
 
 

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